La mañana del domingo despertó pensando cuánto deseaba morir.
La elección diaria entre vida y muerte era su rutina matinal desde hacía 20 años.
Y si seguía aquí era porque siempre había elegido la vida sólo por un día, un día más.
Pero cada mañana la sensación de que nada tenía sentido la invadía.
Algunas veces sentía que había acertado en esta forma de vida. Que le había permitido vivir intensamente, disfrutar más, entregarse cada minuto como si fuera el último.
Entonces ¿por qué persistía este obstinado impulso de muerte?
No lo sabía. No entendía.
Mientras tomaba un café y saboreaba su aroma se propuso vivir un día más, sólo uno, el ùltimo.