Hablando de carreras de animales recordé una triste historia…
La carrera del caballo cimarrón.
Erase que se era, un caballo Cimarrón del desierto americano que gustaba de correr como gacela por las estepas áridas. Aunque era salvaje y jamás montura le habían puesto, corría como ninguno y era capaz de ganar cualquier carrera. Un día se acercó a una feria de caballos de carreras, y observando desde la distancia, vio a una preciosa yegua Alazana de parda figura. Su belleza reposaba en la elegancia de sus modos. Como se dice comúnmente, caminaba como si mereciera. Desde que se vieron por primera vez no volvieron a quitarse la mirada. Parecía un flechazo a primera vista. Se acercaron lo más que pudieron y conversaron largamente divididos por la malla de alambre entramado. Ella le contaba que era de un lugar exótico de muy lejos, de allende el mar, y lo invitaba a seguirla. Habría una gran carrera tradicional en su ciudad. Él le decía con mucha convicción, que aunque no estaba acostumbrado al cautiverio, estaría dispuesto a perder su libertad por ella. Acordaron la fecha, y desde ese día el caballo cimarrón hizo hasta lo imposible para ser reclutado como caballo de carreras. Más tarde que pronto después de ganar varias carreras, le llegó la oportunidad de cruzar el mar. Pero aún estaba a tiempo para llegar a la cita con su amada. El día llegó y tuvo ocasión de escaparse para acudir a la gran finca donde vivía ella. Para su sorpresa una gran carrera se había llevado a cabo ahí mismo, pero un mes antes. Por todos lados había restos de lo que habría sido una gran fiesta y bacanal. Según le contaron la carrera la había ganado un Tordo gris engolado y de larga cola. La tristeza le embargó hasta sus cascos. Su yegua Alazana que tanto quería, había decidido ser el premio para el semental gris ganador de la carrera. Él ni siquiera había sido enterado que era participante de tal carrera. Mucho menos que con anterioridad la yegua, había libado días felices con tal tordillo. Desde ese día se propuso internarse en el Olvido. Pero siempre encontraba señales que le recordaban su desgracia. Ahora se encontraba lejos de su tierra, sin libertad, e internado en un desierto interior. A pesar de sus aspavientos encubridores, en los ojos de la Alazana se dibujaban las mentiras piadosas y las disculpas sórdidas. Intentaba esconder y olvidar al Tordo gris cubriéndolo con paja y humo. El Tordo gris sonreía a lo lejos en su victoria pírrica. Había dejado su marca de complicidad y su olor por los rincones de la finca. A pesar del dolor de la realidad cruda, el Cimarrón sabía que no le habían ganado en buena lid. Lo dejaron de lado en la carrera, y había sido engañado en tiempo y forma. Lo que seguía para él, era comprender, que solo los de su raza libre y salvaje, eran capaces de entender la libertad bajo palabra. Habría nuevas carreras para él en su futuro, pero ahora la principal, sería aquella que lo llevara de regreso al territorio cimarrón, donde el pertenecía…
Fin.
A fin de cuentas y de cuentos, para las pequeñas mentalidades que no contruyen su futuro, todo es destino. Las cosas "pasan porque tienen que pasar". Para unos cuantos, con cada decisión se juegan su futuro...